Una línea negra, desconocida y muy delgada apareció encima de mi cabeza, formando una división del cielo y de mi cuerpo. Quizá se encontraba allí desde hacía mucho tiempo, quizá no. Sólo pude notarla luego de sentarme en el suelo y no antes de movilizar un poco el grisáceo humo que me rodeaba.
Espiritualidad abrumadora y abrumada. Así sentía mi cuerpo-mente. Así se encontraba desde hacía mucho tiempo, bueno, no sé exactamente cuánto. Sólo sé que ese día, esa tarde, esa misma noche, la línea divisoria decidió dejar de estar en el medio. Optó por moverse en alguna dirección, no importaba cuál, en todo caso sólo debía decidirse.
A diferencia de ella, yo me encontraba enfrascada en reflexiones en voz alta y sin interlocutor: un capcioso e inagotable soliloquio, del cual logré escapar momentáneamente en esa ocasión.
Luego de cambiar su ubicación y, observándola ligeramente, encaré a seguirla como una guía, deseando obtener algún repentino cambio (satisfactorio además.) Podría habernos unido en un nuevo rumbo, pero antes de eso yo debía cortar de raíz algunas malezas…
Abrí la piel, olvidando las escondidas, tratando de buscarme y de hallar un placer mediato. Prometí no hacer de mí prisa, sino todo lo contrario. Prometí no hacer del territorio brisa, sino todo lo contrario. Prometí no hacer de las voces un ruido crudo, sino todo lo contrario. Prometí dejar de pedirle perdón a mi conciencia, dejar nuestra lucha libre guardada, al menos por un tiempo.
Desde aquel día, desde hoy, desde algún momento… La maquiavélica línea desapareció de un día para otro, y aquí quedó este pez plátano con hidropesía, ahogándose nuevamente en un vasito de café.
Read more...